Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Un nuevo asalto de la borrasca le interrumpió y él y el conductor tuvieron que arrojarse al suelo para no ser arrastrados, pero el vehículo, pese a sus esfuerzos y los de los caballos que se mantenían cara al viento, retrocedió vanas varas y, sin duda, se hubiera precipitado fuera del camino de no ser por un tronco que lo frenó.
-¡No tengas miedo, Nadia! -le gritó Miguel Strogoff.
-No tengo miedo -respondió la muchacha, sin que su voz reflejase la menor emoción. Las ráfagas de la tormenta habían cesado un instante y el fragor de los truenos, después de haber franqueado aquel recodo, se perdía en las profundidades del desfiladero.
-¿Quieres volver atrás? -preguntó el yemschik.
-¡No; es preciso continuar la subida! ¡Hay que atravesar este recodo! ¡Más arriba tendremos el abrigo del talud!
-¡Pero los caballos se niegan a continuar!
-¡Haz como yo y empújales hacia delante!
-¡Va a volver la borrasca!
-¿Vas a obedecer?
-¡Tú lo quieres!
-¡Es el Padre quien lo ordena! -respondio Miguel Strogoff, quien invocó por primera vez el nombre del Emperador, ese nombre todopoderoso en tres partes del mundo.