Miguel Strogoff
Miguel Strogoff La tormenta estaba entonces en toda su furia. Los relámpagos iluminaban el desfiladero y los estallídos de los truenos eran continuos. El suelo, estremecido por aquellos golpes de borrasca, parecía temblar, como si el macizo de los Urales estuviera sometido a una trepidación general. Afortunadamente, la tarenta había quedado protegida en una profunda sinuosidad que la borrasca no podía atacar directamente. Pero no estaba tan bien defendida como para que algunas contracorrientes oblicuas, desviadas por algunos salientes del talud, no la empujaran con violencia, haciéndola golpearse contra la pared rocosa, con peligro de quebrarse en mil pedazos.
Nadia tuvo que abandonar el sitio que ocupaba y Miguel Strogoff, después de buscar a la luz de uno de los faroles, descubrió una excavación, debida al pico de algún minero, en donde pudo refugiarse la joven en espera de poder reemprender el viaje. En ese momento -era la una de la madrugada-, comenzó a caer la lluvia, y las ráfagas, hechas de agua y viento, adquirieron una violencia extrema, que no apagaron, sin embargo, los fuegos del cielo. Esta complicación hacía imposible continuar la marcha.