Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¿Oyes, postillón del diablo? ¡Eh!
-¿Así es como le conducen a uno en este país?
-¿Y eso es lo que llaman una telega?
-¡Eh! ¡Triple bruto! ¡Sigue marchando y no se para! ¡Aún no se ha dado cuenta de que nos ha dejado en el camino!
-¡Tratarme así, a mí, un inglés acreditado! ¡Me quejaré a la embajada y haré que lo encierren!
El que así hablaba estaba verdaderamente encolerizado pero, de golpe, le pareció a Miguel Strogoff que el segundo interlocutor tomaba partido por la situación y estalló en carcajadas, inesperadas en medio de aquella escena, a las que siguieron estas palabras:
-¡Decididamente esto es demasiado chistoso!
-¡Se atreve usted a reírse! -exclamó agriamente el ciudadano del Reino Unido.
-Cierto, querido colega, y de todo corazón. ¡Y le invito a usted a que haga otro tanto!
¡Palabra de honor que no había visto esto jamás! ¡Es demasiado chistoso ... ! ¡Nunca lo había visto...!
En aquel momento, un violento trueno retumbó en el desfiladero con un estruendo espantoso, que venía multiplicado por los ecos de las montañas en una grandiosa proporción. Después, cuando el ruido se extinguió, la voz alegre continuó diciendo: