Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Mientras tanto, Miguel Strogoff remontaba el camino con rapidez. Si tenía grandes deseos de socorrer a los que así gritaban, también tenía gran impaciencia por conocer a aquellos viajeros a los que la tormenta no les había impedido aventurarse por las montañas, y estaba seguro de que se trataba de la telega que les había precedido desde el principio.

La lluvia había cesado, pero la borrasca redoblaba su violencia. Los gritos, llevados por las corrientes de aire, se distinguían cada vez más. Desde el sitio donde Miguel Strogoff había dejado a Nadia, no se podía ver lo sinuoso que era el camino porque la luz de los relámpagos sólo iluminaba los salientes del talud, que tapaban el camino. Las ráfagas, chocando bruscamente con todos aquellos ángulos, formaban remolinos difíciles de atravesar, por lo que era necesaria la fuerza poco común de Miguel Strogoff para resistirlas.

Pero era evidente que los viajeros que hacían oír sus gritos no estaban muy lejos, aunque el correo del Zar todavía no podía distinguirlos, sea porque habían ido a parar fuera de la carretera o porque la oscuridad lo impedía, pero las palabras llegaban con bastante claridad a sus oídos.

He aquí lo que oyó y que no dejó de producirle cierta sorpresa:

-¡Zopenco! ¿Vas a volver?

-¡Te haré azotar en la próxima parada!


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