Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Le hago a usted juez, señor Korpanoff -respondió Alcide Jolivet-. Imagínese usted que nuestro postillón ha seguido la ruta con el tren delantero de su infernal vehículo, dejándonos plantados sobre el tren trasero de ese absurdo carruaje. ¡La peor mitad de una telega para dos, sin guía y sin caballos! ¡No es absoluta y superlativamente chistoso!
-¡No del todo! -respondió el inglés.
-¡Sí, colega! ¡Usted no sabe tomarse las cosas por su lado bueno!
-¿Y cómo, quiere decirnos, podremos continuar el viaje? -preguntó Harry Blount.
-Nada más fácil -respondió Alcide Jolivet-. Va usted a engancharse a lo que nos queda del carruaje; yo tomaré las riendas, le llamaré mi pequeño pichón como un verdadero yemschik, y usted marchará como un verdadero caballo de posta.
-Señor Jolivet -respondió el inglés-, esta broma ya se pasa de la raya y...
-Tenga calma, colega. Cuando se canse yo le reemplazaré y usted tendrá derecho a llamarme caracol asmático y tortuga pesada, si no le conduzco a velocidad infernal. Alcide Jolivet decía todas estas cosas con tan buen humor que Miguel Strogoff no pudo reprimir una sonrisa.