Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Señores -les dijo-hay algo mejor que hacer. Nosotros hemos llegado hasta aquí, la garganta superior de la cordillera de los Urales y, por consiguiente, no nos queda más que descender las pendientes de las montañas. Mi carruaje está a unos quinientos pasos más atrás; les prestaré uno de mis caballos, lo engancharán a la caja de su telega y mañana, si no se produce ningún accidente, llegaremos juntos a Ekaterinburgo.

-¡Señor Korpanoff -respondió Alcide Jolivet-, esa es una proposicion que parte de un corazon generoso!

-Agrego, señores, que si no les invito a que suban a mi tarenta es porque sólo tiene dos plazas y están ya ocupadas por mi hermana y por mi -aclaró Miguel Strogoff.

-Nuevamente gracias, señor -respondió Alcide Jolivet-, pero mi colega y yo iríamos hasta el fin del mundo con su caballo y nuestra media telega.

-¡Señor -continuó Harry Blount-, aceptamos su generosa oferta! ¡En cuanto a ese yemschik ... !

-¡Oh! Crea que no es ésta la primera vez que ocurre semejante cosa -respondió Miguel Strogoff.

-¿Pero por qué no vuelve? Él sabe perfectamente que nos ha dejado atrás. ¡El miserable!

-¿Él? ¡Ni se ha enterado!

-¿Cómo? ¿Ignora que su telega se ha partido en dos?


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