Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-No, querido colega, y mientras el Cáucaso se aprovisionaba, yo hacía lo mismo. Miguel Strogoff ya no escuchaba las réplicas que se daban entre sí Harry Blount y Alcide Jolivet; recordaba la tribu de bohemios, al viejo gitano, al que no había podido ver la cara; a la extraña mujer que le acompañaba; la mirada tan singular que había lanzado sobre él; intentaba rememorar todos los detalles de aquel encuentro, cuando se oyó una detonación cerca de ellos.

-¡Adelante, señores! -gritó Miguel Strogoff.

-¡Cáscaras! Para ser un digno negociante que huye de las balas, corre muy aprisa al lugar de donde salen -se dijo Alcide Jolivet.

Y, seguido de Harry Blount, que no era hombre de los que se quedan atrás, se precipitó tras los pasos de Miguel Strogoff.

Algunos instantes después los tres hombres estaban en el saliente bajo el cual se abrigaba la tarenta en una vuelta del camino.

El grupo de pinos incendiados por un rayo ardía todavía. El camino estaba desierto, pero Miguel Strogoff no se había equivocado. Hasta él había llegado el disparo de un arma de fuego.

De pronto, un formidable rugido se dejó oír y una segunda detonación estalló en la otra parte de talud.

-¡Un oso! -gritó Miguel Strogoff, que no podía confundir el rugido de estos animales¡Nadia! ¡Nadia!


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