Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Sin embargo, desde que pisaron el suelo siberiano, los verdaderos peligros habían comenzado para Miguel Strogoff. Si los dos periodistas no se equivocaban, Ivan Ogareff había ya traspasado la frontera, por tanto era necesario proceder con el máximo de precauciones. Las circunstancias habían cambiado ahora, porque los espías tártaros debían de inundar las provincias siberianas, y si desvelaban su incognito, si reconocían su calidad de correo del Zar, significaría el final de su misión y de su propia vida. Miguel Strogoff, al hacerse estas reflexiones, notaba el peso de la responsabilidad que pesaba sobre él.
Mientras las cosas se desarrollaban así en el primer vehículo, ¿qué ocurría en el segundo? Nada de extraordinario. Alcidejolivet hablaba en frases sueltas y Harry Blount respondía con monosílabos. Cada uno enfocaba las cosas a su manera y tomaba nota sobre los incidentes del viaje; incidentes que, por otra parte, fueron poco variados durante esta primera parte de su marcha por Siberia.
En cada parada, los dos corresponsales descendían del vehículo e iban al encuentro de Miguel Strogoff, pero Nadia no bajaba de la tarenta como no fuese para alimentarse; cuando era preciso comer o cenar en una de las paradas de posta, la muchacha se sentaba en la mesa y permanecía siempre en una actitud reservada, sin mezclarse en las conversaciones.