Miguel Strogoff
Miguel Strogoff En aquel momento se abrieron las puertas de las salas contiguas al Gran Salón, donde aparecían ricas mesas admirablemente servidas y cargadas profusamente de preciosas porcelanas y vajillas de oro. Sobre la grada central, reservada a príncipes, princesas y miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de precio incalculable, procedente de una fábrica londinense, y, alrededor de esta obra maestra de orfebrería, centelleaban mil piezas de la más admirable vajilla que saliera jamás de las manufacturas de Sèvres.
Los invitados empezaron a dirigirse hacia las mesas donde estaba preparada la cena. En aquel instante, el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó
apresuradamente al oficial de la guardia de cazadores.
-¿Qué ocurre? -preguntó éste, con la misma ansiedad con que lo había hecho la primera vez.
-Los telegramas no pasan de Tomsk, señor.
-¡Un correo, rápido!
El oficial abandonó el Gran Salón y quedó esperando en otra pieza del Palacio Nuevo. Era un vasto gabinete de trabajo, sencillamente amueblado en roble y situado en un ángulo de la residencia. Colgadas de sus paredes se veían, entre otras telas, algunos cuadros firmados por Horacio Vemet.