Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff estimulaba a su caballo, comunicándole toda la impaciencia febril que le devoraba y no le pedÃa más que una cosa, que le llevara rápidamente hasta la próxima parada en donde pudiera obtener un caballo más rápido. A medianoche habÃa franqueado setenta verstas y llegaba a la estación de Kulikovo, pero allÃ, tal como temÃa, no se encontraban caballos ni carruajes, porque algunos destacamentos tártaros habÃan pasado por aquella gran ruta de la estepa y lo habÃan robado y requisado todo, tanto en las poblaciones como en las casas de posta. Miguel Strogoff apenas pudo conseguir algún alimento para él y para su caballo. Le interesaba, por tanto, conservar y cuidar el que tenÃa, porque no sabÃa cuándo podrÃa reemplazarlo.
Mientras tanto, querÃa dejar la mayor distancia posible entre él y los jinetes que Ivan Ogareff debÃa de haber lanzado en su persecución, por lo cual resolvió seguir adelante y, después de una hora de reposo, reemprendió su carrera a través de la estepa. Hasta entonces, afortunadamente, las condiciones atmosféricas habÃan favorecido el viaje del correo del Zar. La temperatura era soportable y la noche, muy corta en esa época, estaba iluminada por esa media claridad de la luna que, tamizándose a través de algunas nubes, hacÃa la ruta muy practicable.