Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff iba, pues, adelante, sin ninguna duda, sin ninguna vacilación. Pese a los dolorosos pensamientos que le obsesionaban, había conservado una extrema lucidez de espíritu y marchaba hacia su objetivo, como si éste fuese visible en el horizonte.
Cuando se detenía en algún recodo del camino, era para dejar tomar aliento durante unos instantes a su caballo. Entonces, echando pie a tierra, libraba de su peso al animal y aprovechaba para poner el oído en el suelo y escuchar si algún galope se propagaba por la superficie de la estepa. Cuando se había asegurado de que no se oían ruidos sospechosos, continuaba la marcha hacia delante.
¡Ah, si todas estas comarcas siberianas estuvieran invadidas por la noche polar, y esa noche durara varios meses! ¡Lo deseaba con toda vehemencia porque podía atravesarla con mucha mayor seguridad!
El 30 de julio, a las nueve de la mañana, pasó por la estación de Turumoff, encontrándose con la region pantanosa de la Baraba.
Allí, las dificultades naturales podían ser extremadamente graves. Miguel Strogoff lo sabía, pero también sabía que podría sobrellevarlas.