Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Pero pese a estas precauciones, es raro que consigan atravesar los pantanos sin tener la cara, el cuello y las manos acribillados por puntitos rojos. La atmósfera parece estar allí erizada de agujas y hasta podría creerse que una de aquellas antiguas armaduras de caballero no sería suficiente para protegerse contra los dardos de aquellos dípteros. Es aquél un funesto país que el hombre disputa, pagando alto precio, a las tipulas, a los mosquitos, a los maringuinos, a los tábanos e incluso a millares y millares de insectos microscópicos que no son visibles a simple vista, pero cuyas intolerables picaduras, a las que nunca se acostumbraban los cazadores siberianos mas endurecidos, se hacen sentir claramente. El caballo de Miguel Strogoff, asaeteado por estos venenosos insectos, saltaba como si le clavasen en los ijares las puntas de mil espuelas y, acometido por una furiosa rabia, se encabritaba y se lanzaba a toda velocidad, devorando verstas y más verstas con la rapidez de un tren expreso, sacudiendo sus flancos con su cola y buscando en la rapidez de su carrera un alivio para tal suplicio.

Era necesario ser tan buen jinete como Miguel Strogoff para no ser derribado por las reacciones del caballo, con sus bruscas paradas y los saltos que daba para librarse de los aguijones de los insectos.


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