Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero el correo del Zar se había vuelto, por así decirlo, insensible al dolor físico, como si se encontrase bajo la influencia de una anestesia permanente, no viviendo más que para el deseo de llegar a su meta, costara lo que costase, y no veía más que una cosa en aquella carrera insensata: que la ruta iba quedando rápidamente detrás de él.
¿Quién hubiera podido creer que en aquellos lugares de la Baraba, tan malsanos durante la estación calurosa, pudiera encontrar refugio población alguna?
Sin embargo, así era. Algunos caseríos siberianos aparecían de tarde en tarde entre los juncos gigantescos. Hombres, mujeres, niños y viejos, cubiertos con pieles de animales y ocultando el rostro bajo vejigas untadas de pez, guardaban sus rebaños de enflaquecidos carneros; pero para preservar a estos animales de los ataques de los insectos, los resguardaban bajo el humo de hogueras de madera verde, que alimentaban noche y día y cuyo acre olor se propagaba lentamente por encima de la inmensa marisma.