Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Además, para llevar a cabo la difícil travesía de la Baraba; para huir a través de los pantanos, en caso de que algún peligro le amenazara directamente; para distanciarse de los jinetes lanzados en su persecución; para arrojarse, si era necesario, entre la más densa espesura de los juncos, un caballo era, evidentemente, mejor que un carruaje. Más allá de Tomsk, en el mismo Krasnoiarsk, aquel importante centro de la Siberia occidental, Miguel Strogoff ya vería lo que convenía hacer. En cuanto a su caballo, ni siquiera había tenido el pensamiento de cambiarlo por otro. Se había acostumbrado ya a aquel valiente animal y sabía lo que podía dar de sí. Había tenido mucha suerte al comprarlo en Omsk, y el campesino que le había conducido a la parada de postas le había hecho un gran servicio.
Pero si Miguel Strogoff se había ya acostumbrado al caballo, éste parecía que poco a poco iba acostumbrándose a las fatigas de semejante viaje, y a condición de que se le reservara algunas horas de reposo, su jinete podía esperar que le conduciría más allá de las provincias invadidas.
Durante la tarde y la noche del 2 al 3 de agosto, Miguel Strogoff permaneció confinado en su albergue, sito en la entrada de la ciudad, por lo que era poco frecuentado y estaba al abrigo de inoportunos curiosos.