Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Rendido por la fatiga, se acostó después de haber cuidado de que a su caballo no le faltase nada; pero no pudo dormir más que con un sueño intermitente. Demasiados recuerdos, demasiadas inquietudes le asaltaban a la vez. Las imágenes de su anciana madre y de su joven e intrépida compañera, que habían quedado detrás de él, sin protección, pasaban alternativamente por su mente y se confundían a menudo en un solo pensamiento.
Después su recuerdo volvía a la misión que había jurado cumplir, y cuya importancia iba haciéndose cada vez más patente desde su salida de Moscú. La invasión era extremadamente grave y la complicidad de Ivan Ogareff la hacía más temible todavía. Cuando su mirada se posaba sobre la carta revestida con el sello imperial -aquella carta que sin duda contenía el remedio para tantos males; la salvación de aquel país desolado por la guerra-, Miguel Strogoff sentía en su interior un deseo feroz de lanzarse a través de la estepa; de franquear a vuelo de pájaro la distancia que le separaba de Irkutsk; de ser un águila para elevarse por encima de los obstáculos; de ser un huracan para atravesar el aire con una velocidad de cien verstas a la hora; de llegar, al fin, frente al Gran Duque y gritarle: «Alteza, de parte de Su Majestad, el Zar.»