Miguel Strogoff

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Mientras tanto, Harry Blount había vuelto junto a la ventana, pero esta vez, distraído sin duda por el interés del espectáculo que tenía ante sus ojos, prolongó su observación demasiado tiempo y cuando el empleado de telégrafos hubo transmitido el tercer versículo de la Biblia, Alcide Jolivet se apresuró a llegar hasta la ventanilla, sin hacer ruido y, tal como había hecho su colega, después de depositar nuevamente un respetable fajo de rublos sobre la tablilla, entregó su despacho, el cual el empleado leyó en voz alta:

Madeleine Jolivet,

10, Faubourg-Montmartre (París)

De Kolyvan, gobierno de Omsk, Siberia, 6 de agosto.

Fugitivos huyendo de la ciudad. Rusos derrotados. Persecución encarnizada de la caballería tártara...

Y cuando Harry Blount volvió de la ventana, oyó a Alcide Jolivet que completaba su telegrama, tarareando con voz burlona:

Hay un hombrecito,

vestido todo de gris,

en París...

Pareciéndole una irreverencia el mezclar lo sagrado con lo profano, como había hecho su colega, Alcide Jolivet sustituía los versículos de la Biblia por un alegre refrán de Beranger.

-¡Ah! -gritó Harry Blount.

-Es la vida... -respondió Alcide Jolivet.


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