Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Una vez levantado el campo, Tomsk iba a convertirse en la residencia del Emir hasta el momento en que pudiera trasladarse a la capital de la Siberia oriental. La tienda de Féofar-Khan dominaba a las vecinas. Revestida de amplias cortinas de brillante seda, suspendidas de cordones con borlas de oro, y coronada con espesos penachos que el viento agitaba, estaba situada en el centro de una amplia planicie, cercada por una especie de valla de magníficos abedules y gigantescos pinos. Delante de la tienda había una mesa de laca con incrustaciones de piedras preciosas, y abierto encima de ella estaba el Corán, libro sagrado de los musulmanes, cada una de cuyas hojas era una lámina de oro finamente labrada. Esta maravillosa obra de arte ostentaba en su cubierta el escudo tártaro en el que campeaban las armas del Emir. Alrededor de aquel espacio despejado, se elevaban en semicírculo las tiendas de los altos funcionarios de Bukhara. En ellas residía el jefe de la caballeriza, que tenía el honor de seguir a caballo al Emir hasta la entrada de su palacio; el halconero mayor; el huscbbegui, portador del sello real; el toptschi-baschi, jefe supremo de la artillería; el khodja, presidente del Consejo, que recibe el beso del príncipe y puede presentarse ante él sin cinturón; el cheikh-ulislam, jefe de los ulemas, representante de los sacerdotes; el cazi-askev, quien, en ausencia del Emir, juzga todas las diferencias que se suscitan entre los militares y, finalmente, el jefe supremo de los astrólogos, cuya misión es consultar a las estrellas cada vez que el Khan piensa trasladarse de un sitio a otro.