Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Cuando los prisioneros llegaron al campamento, el Emir se encontraba en su tienda, pero no se dejó ver. Esta circunstancia fue favorable, sin duda, porque una palabra suya, un solo gesto, podía haber ocasionado una sangrienta ejecución. Féofar-Khan se mantuvo retirado, en aquel tipo de aislamiento que forma parte del majestuoso rito de los monarcas orientales, a quienes más se admira y sobre todo se teme, cuanto menos se dejan ver.

En cuanto a los prisioneros, iban a ser encerrados en cualquier lugar, maltratados, alimentados apenas y expuestos a todas las inclemencias del tiempo, en espera de que Féofar-Khan resolviera.

Entre todos aquellos desgraciados, Miguel Strogoff era el más dócil y el más paciente. Se dejaba conducir porque lo llevaban adonde él quería ir y por supuesto, en mejores condiciones para su seguridad que si se encontrara libre en el camino de Kolyvan a Tomsk. Escapar antes de haber llegado a esta ciudad era exponerse a caer nuevamente en manos de los invasores, que eran dueños de la estepa. El límite más oriental ocupado hasta entonces por los ejércitos enemigos no estaba situado más allá del meridiano ochenta y dos, que pasa por Tomsk, y por tanto, cuando el correo del Zar consiguiera franquear este meridiano, contaba con estar fuera de la zona invadida, pudiendo atravesar el Yenisei sin peligro llegando a Krasnoiarsk antes de que Féofar-Khan invadiera la provincia.


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