Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡Yo supongo mayor patriotismo en los exiliados! -replicó el Zar.
-Hay otros condenados, aparte de los polÃticos, en Siberia -respondió el jefe superior de policÃa.
-¡Los criminales! ¡Oh, general, a ésos los dejo de tu cuenta! ¡Son el desecho del género humano! ¡No pertenecen a ningún paÃs! Además, la sublevación, y mucho menos la invasión, no va contra el Emperador, sino contra Rusia, contra este paÃs al que los exiliados no han perdido la esperanza de volver... ¡y al que volverán! ¡No, un ruso no se unirá jamás a un tártaro para debilitar, ni siquiera por una sola hora, el poderÃo de Moscú!
El Zar tenÃa sus razones para creer en el patriotismo de aquellos a quienes su polÃtica momentáneamente habÃa alejado. La clemencia (que era la base de su justicia cuando podÃa controlarla personalmente) y la dulcificación tan considerable que habÃa adoptado en la aplicación de los ucases, le garantizaban que no podÃa equivocarse. Pero, aun sin que estos poderosos elementos apoyasen la invasión tártara, las circunstancias no podÃan ser más graves, porque era de temer que una gran parte de la población kirguise se uniera a los invasores.