Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡La excesiva ambición ha perdido a los más grandes imperios! -sentenció Harry Blount, que no estaba exento de unos ciertos «celos ingleses» hacia las pretensiones rusas en Asia central.
-¡Oh! ¡No hablemos de política! -gritó Alcide Jolivet-. ¡Lo prohibe la Facultad de Medicina! ¡No hay nada peor para las heridas de la espalda!... a menos que le sirva de somnífero.
-Hablemos entonces de lo que tenemos que hacer -respondió Harry Blount-. Señor Jolivet, yo no tengo ninguna intención de permanecer indefinidamente prisionero de los tártaros.
-¡Ni yo, pardiez!
-¿Nos escaparemos a la primera ocasión?
-Sí, si no hay ningún otro medio de recuperar la libertad.
-¿Conoce usted algún otro medio? -preguntó Harry Blount, mirando a su compañero.
-¡Por supuesto! Nosotros no somos beligerantes, sino neutrales, y nos reclamarán nuestros gobiernos.
-¿Reclamar a este bruto de Féofar-Khan?
-No, él no entendería nada. Pero sí su lugarteniente, el coronel Ivan Ogareff.
-¡Es un bribón!