Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Pues sí, los franceses son buenos; un poco bestias, si usted quiere, pero se les disculpa porque son franceses. Pero no hablemos de eso y, si quiere hacerme caso, no hablemos de nada. El reposo le es ahora absolutamente necesario. Pero Harry Blount no tenía ningún deseo de callarse. Si el herido debía, por prudencia, guardar reposo, el corresponsal del Daily Telegraph no era hombre que se limitase sólo a escuchar.
-Señor Jolivet -preguntó-. ¿Cree usted que nuestros últimos mensajes habrán podido traspasar la frontera?
-¿Por qué no? -respondió Alcide Jolivet-. Le aseguro que en estos momentos, mi bien amada prima sabe ya lo ocurrido en Kolyvan.
-¿Cuántos ejemplares de sus noticias tira su prima? -preguntó Harry Blount quien, por primera vez, le hizo esta pregunta directa a su colega.
-¡Bueno! -respondió riendo Alcide Jolivet-. Mi prima es una persona muy discreta y no le gusta que se hable de ella y se desesperaría si supiera que turbaba el sueño del que tiene usted tanta necesidad.
-No quiero dormir -respondió Harry Blount-. ¿Qué debe de pensar su prima de los acontecimientos de Rusia?
-Que, por el momento, parecen ir por mal camino. ¡Pero, bah! El gobierno moscovita es poderoso y no puede ser verdaderamente inquietado por una invasión de bárbaros. Siberia no se les escapará de las manos.