Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Pienso, querido colega, que ese huschbegui tuvo un gesto muy hermoso cuando ordenó que no nos cortaran la cabeza.
Fuera cual fuese el motivo que hubiera tenido Ivan Ogareff para tratar de aquella manera a los dos corresponsales, el caso es que estaban libres y que podían recorrer a su gusto el teatro de la guerra. Así que su intención era no abandonar la partida. Aquella especie de antipatía que les enfrentaba en otro tiempo se había convertido en una amistad sincera. Unidos por las circunstancias, no deseaban ya separarse y las mezquinas cuestiones de rivalidad profesional estaban enterradas para siempre. Harry Blount no podía olvidar lo que debía a su compañero, el cual no se lo recordaba en ninguna ocasión y, en suma, aquel acercamiento, al facilitar las operaciones necesarias para los reportajes, redundaría en beneficio de sus lectores.
-Y ahora -preguntó Harry Blount-, ¿qué vamos a hacer de nuestra libertad?
-¡Abusar, pardiez! -respondió Alcide Jolivet-. Irnos tranquilamente a Tomsk a ver lo que pasa.
-¿Hasta el momento, que espero sea pronto, en que podamos unirnos a cualquier cuerpo de ejército ruso?