Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Ivan Ogareff había hablado con gran vehemencia. Su emoción evidenciaba la gran importancia que concedía a la posesión de la carta imperial, pero Sangarra no se sintió turbada en ningun momento por la insistencia del lugarteniente del Emir al repetirle su pregunta.

-No me equivoco, Ivan -respondió.

-¡Pero, Sangarra, en este campamento hay varios millares de prisioneros y tú dices que no conoces a Miguel Strogoff !

-No -replicó la gitana, cuya mirada se impregno de una salvaje alegría-, yo no lo conozco, pero su madre sí. Ivan, sera preciso hacerla hablar.

-¡Mañana hablará! -exclamó Ivan Ogareff.

Después, tendió su mano a la gitana, la cual la besó, sin que en este gesto de respeto, habitual en las razas del norte, hubiera nada de servil.

Sangarra volvió al campamento para situarse junto al lugar que ocupaba Nadia y Marfa Strogoff, y pasó la noche observando a ambas mujeres. La anciana y la joven no pudieron dormir, pese a que la fatiga les abrumaba, porque las inquietudes las mantenían desveladas ¡Miguel Strogoff había sido hecho prisionero como ellas! ¿Lo sabía Ivan Ogareff y, si no lo sabía, no acabaría enterándose? Nadia no tenía otro pensamiento que el de que su compañero, a quien había llorado como muerto, aún vivía. 


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