Miguel Strogoff
Miguel Strogoff ¿Dónde se encontraba en este momento? ¿Hasta dónde habÃan llegado sus soldados a la hora en que la noticia de la invasión llegó a Moscú? ¿Hasta qué lugar de Siberia habÃan tenido que retroceder las tropas rusas? Imposible saberlo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. El cable, entre Kolivan y Tomsk, ¿habÃa sido cortado por unas avanzadillas del ejército tártaro, o era el grueso de las fuerzas quien habÃa llegado hasta las provincias de Yeniseisk? ¿Estaba en llamas toda la baja Siberia occidental? ¿Se extendÃa ya la sublevación hasta las regiones del este? No podÃa decirse. El único agente que no teme ni al frÃo ni al calor, al que no detienen las inclemencias del invierno ni los rigores del verano; que vuela con la rapidez del rayo: la corriente eléctrica no podÃa circular a través de la estepa, ni era posible advertir al Gran Duque, encerrado en Irkutsk, sobre el grave peligro que le amenazaba por la traición de Ivan Ogareff. únicamente un correo podrÃa reemplazar a la corriente eléctrica, pero ese hombre necesitaba tiempo para franquear las cinco mil doscientas verstas (5.523 kilómetros) que separan Moscú de Irkutsk. Para atravesar las filas de los sublevados e invasores, necesitaba desplegar una inteligencia y un coraje sobrehumanos. Pero con esas cualidades se va lejos.
«¿ Encontraré tanta inteligencia y tal corazón? », se preguntaba el Zar.