Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡Mi padre, Miguel, me maldeciría si te abandonara después de lo que has hecho por mí!
-¡Nadia, Nadia! -respondió Miguel Strogoff, apretando la mano que la joven había puesto sobre la suya-. ¿Quieres, pues, renunciar a ir a Irkutsk?
-Miguel -replicó la joven-, tú tienes más necesidad de mí que mi padre. ¿Renuncias tú a ir a Irkutsk?
-¡Jamás! -gritó Miguel Strogoff con un tono que denotaba que no había perdido nada de su energía.
-Pero, sin embargo, no tienes la carta...
-¡La carta que Ivan Ogareff me ha robado... ¡Pues bien! ¡Sabré pasar sin ella! ¿No me han tratado ellos de espía? ¡Pues me comportaré como un espía! ¡Diré en Irkutsk todo lo que he visto, todo lo que he oído y te juro por Dios vivo que el traidor me encontrará un día cara a cara! Pero es preciso que llegue antes que él a Irkutsk.
-¿Y hablas de separarnos, Miguel?
-Nadia, aquellos miserables me han dejado sin nada.
-¡Me quedan algunos rublos y mis ojos! ¡Puedo ver por ti, Miguel, y te conduciré allá, porque tú solo nunca llegarías!
-¿Y cómo iremos?
-A pie.
-¿Cómo viviremos?
-Mendigando.
-Partamos, Nadia.