Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Si Miguel Strogoff hubiera podido verla, habría leído en su hermosa y desolada mirada la expresión de una devoción y una ternura infinitas. Los párpados del ciego, quemados por la hoja incandescente, tapaban a medias sus ojos, absolutamente secos. La esclerótica estaba ligeramente plegada y como encogida; la pupila, singularmente agrandada; el iris parecía tener un azul más pronunciado que anteriormente; las cejas y las pestañas habían quedado socarradas en parte; pero, al menos en apariencia, la mirada tan penetrante del joven no parecía haber sufrido ningún cambio. Si no veía, si su ceguera era completa, era porque la sensibilidad del nervio óptico había sido radicalmente destruida por el calor del acero. En ese momento, Miguel Strogoff extendió las manos preguntando:

-¿Estás aquí, Nadia?

-Sí -respondió la joven-, estoy a tu lado y no te dejaré nunca, Miguel. Al oír su nombre, pronunciado por Nadia por primera vez, Miguel Strogoff se estremeció. Comprendió que su compañera lo sabía todo; lo que él era y los lazos que le unían a la vieja Marfa.

-Nadia –dijo-, va a ser necesario que nos separemos...

-¿Separarnos? ¿Y eso por qué, Miguel?

-No quiero ser un obstáculo en tu viaje. Tu padre te espera en Irkutsk y es necesario que te reunas con él.


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