Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Iba a pie, sin dinero y estaba ciego, y si Nadia, su único guía, le faltase, no tendría más remedio que acostarse sobre uno de los lados de la ruta y morir miserablemente. Pero si finalmente, a fuerza de energía llegaban a Krasnolarsk, aún no estaba todo perdido, puesto que el gobernador, al que se daría a conocer, no dudaría en proporcionarle los medios necesarios para llegar a Irkutsk.
Miguel Strogoff caminaba, pues, absorto en sus pensamientos y hablaba poco. Teniendo cogida la mano de Nadia, ambos estaban en comunicación incesante. Les parecía que no había necesidad de palabras para intercambiar sus pensamientos. De vez en cuando Miguel Strogoff decía:
-Háblame, Nadia.
-¿Para qué, Miguel? ¿No son los mismos nuestros pensamientos? -respondía la joven, procurando que su voz no delatara ninguna fatiga.