Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero algunas veces, como si su corazón dejase de latir por un instante, sus piernas se debilitaban, su paso se hacía más lento, su brazo se estiraba y se quedaba atrás. Miguel Strogoff se paraba entonces, y fijaba sus ojos sobre la pobre muchacha como si intentase verla a través de la oscuridad que llevaba consigo. Su pecho se hinchaba y sosteniendo más fuertemente a su compañera, continuaba adelante. Sin embargo, en medio de las miserias que no les daban tregua, una circunstancia afortunada iba a producirse, evitando a ambos muchas fatigas. Hacía alrededor de dos horas que habían salido de Semilowskoe, cuando Miguel Strogoff se paró preguntando:
-¿Está desierta la ruta?
-Absolutamente desierta -respondió Nadia.
-¿No oyes ningún ruido detrás de nosotros?
-Sí.
-Si son tártaros, es preciso que nos ocultemos Obsérvalo bien.
-¡Espera, Miguel! -respondió Nadia, retrocediendo un poco y situándose unos pasos hacia la derecha.
Miguel Strogoff quedó solo por unos instantes escuchando atentamente. Nadia volvio casi enseguida, diciendo:
-Es una carreta que va conducida por un joven
-¿Va solo?
-Solo.