Miguel Strogoff
Miguel Strogoff ¡La ciudad estaba desierta! En aquella «Atenas del norte», como la ha llamado la señora Bourboulon, no había ni un solo ateniense; ni uno solo de sus carruajes, tan brillantemente enjaezados, recorría las calles espaciosas y limpias; ni un solo paseante andaba por las aceras, construidas en la base de las magníficas casas de madera, de aspecto monumental. Ni un solo siberiano, vestido a la última moda francesa, se paseaba por su admirable parque, levantado entre un bosque de abedules, que se extiende hasta la orilla del Yenisei. La gran campana de la catedral estaba muda; los esquilones de las demás iglesias guardaban silencio, siendo raro, sin embargo, que una ciudad rusa no esté llena del sonido de sus campanas. Esto era el abandono completo.
¡No había un solo ser viviente en esta ciudad, poco antes tan animada!
El último mensaje que habíase recibido del gabinete del Zar antes de la interrupción de las comunicaciones contenía la orden al gobernador, a la guarnición y habitantes, cualquiera que fuese su raza y condición, de abandonar Krasnoiarsk, llevándose consigo cualquier objeto que tuviera algún valor o que pudiera servir de alguna utilidad a los invasores, yendo a refugiarse a Irkutsk. Y la misma orden había sido transmitida a todos los pueblos de la provincia.