Miguel Strogoff
Miguel Strogoff El gobierno moscovita quería dejar un desierto frente a los invasores. Estas órdenes, a lo Rostopschin, nadie soñó en discutirlas ni un solo instante, siendo ejecutadas inmediatamente, por lo que no había quedado ni un ser viviente en Krasnolarsk. Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás recorrieron silenciosamente las calles de la ciudad, experimentando una involuntaria sensación de estupor. Ellos solos producían los únicos ruidos que se dejaban oír en aquella ciudad muerta. Miguel Strogoff no dejaba traslucir los sentimientos que experimentaba en aquel instante; pero le fue imposible dominar un movimiento de rabia por la mala suerte que le perseguía, haciendo que fallasen una vez más sus esperanzas.
-¡Dios mío! -exclamó Nicolás-. ¡jamás ganaré mi sueldo en este desierto!
-Amigo -dijo Nadia-. Tendrás que reemprender la marcha con nosotros.
-Es preciso, realmente -respondió Nicolás-. El telégrafo debe de funcionar todavía entre Udinsk e Irkutsk, y allí... ¿Nos vamos, padrecito?
-Esperemos a mañana -le respondió Miguel Strogoff.
-Tienes razón -respondió Nicolás-. Hemos de atravesar el Yenisei y es preciso ver...
-¡Ver! -murmuró Nadia, pensando en su compañero ciego.
Nicolás, comprendiendo el sentido de la expresión de Nadia se volvió hacia Miguel Strogoff, diciéndole: