Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Nicolás se lanzó hacia la dirección señalada y Nadia, llevando a Miguel Strogoff de la mano, lo guiaba a paso rápido. ¡Una barca, un bote lo suficientemente grande para transportar la kibitka, cualquier cosa, ya que si habÃa llegado hasta aquÃ, no dudarÃa en intentar la travesÃa del rÃo!
Veinte minutos después, los tres habÃan llegado al pequeño muelle del embarcadero, en donde las últimas casas llegaban casi al nivel de las aguas. Aquello parecÃa una especie de aldea situada por debajo de Krasnoiarsk.
Pero sobre la playa no habÃa una sola embarcación, ni un bote en la estacada que servÃa de embarcadero, ni siquiera habÃa el material necesario para construir una balsa que bastara para transportar tres personas.
Miguel Strogoff interrogó a Nicolás, pero el joven dio la descorazonadora respuesta de que la travesÃa del rÃo le parecÃa absolutamente impracticable.
-¡Pasaremos! -respondió Miguel Strogoff.
Y continuaron buscando, registrando las casas próximas que estaban asentadas sobre la margen del rÃo, abandonadas como todas las demás. No tenÃan otra cosa que hacer mas que empujar la puerta, pero se trataba de cabañas de gente pobre, que estaban enteramente vacÃas. Nicolás registraba una y Nadia otra, y hasta el mismo Miguel Strogoff intentaba reconocer con el tacto cualquier objeto que pudiera serles de utilidad.