Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Nicolás y Nadia se agarraron a los últimos árboles del acantilado, colgándose casi sobre el curso del rÃo, pero abarcando, de esta forma,-un inmenso campo de accion para sus miradas. El Yenisei, en ese lugar, no mide menos de versta y media de ancho y forma dos brazos casi de las mismas dimensiones cada uno, por los que circula el agua con rapidez, y entre los cuales se levantan varias islas pobladas de sauces, olmos y álamos, semejando otros tantos buques verdes anclados en el rÃo. Más allá se dibujaban las altas colinas de la orilla oriental, coronadas de bosques y cuyas cimas se empurpuraban ahora con las luces del dÃa. Hacia arriba y hacia abajo, el Yenisei se escapaba hasta perderse de vista. Aquel admirable panorama ofrecÃase a las miradas en un perimetro de cincuenta verstas.
Pero no habÃa una sola embarcación, ni sobre la orilla izquierda ni sobre la derecha, ni en las márgenes de las islas. Ciertamente, si los tártaros no traÃan consigo el material necesario para construir un puente de barcos, su marcha hacia Irkutsk se verÃa frenada durante cierto tiempo, frente a esta barrera del Yenisei.
-Me acuerdo -le dijo entonces Miguel Strogoff-, que más arriba, junto a las últimas casas de Krasnoiarsk, hay un pequeño embarcadero que sirve de refugio a las barcas. Amigo, remontemos el curso del rÃo y miráis si se han dejado olvidada alguna embarcación sobre la orilla.