Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Efectivamente, de las capas inferiores de aquella niebla, salía un sordo tumulto de corrientes y contracorrientes que se entrechocaban. Las aguas, muy abundantes en esa época del año, debían de discurrir con la violencia de un torrente. Los tres se pusieron a escuchar, esperando a que desapareciera aquella cortina de brumas. El sol remontaba con rapidez el horizonte y sus primeros rayos no tardarían en disipar aquellos vapores.

-¿Bien? -preguntó Miguel Strogoff.

-Las brumas comienzan a disiparse, hermano, y la luz del día ya penetra en ellas.

-¿Todavía no ves el nivel de las aguas, hermana?

-Todavía no.

-Un poco de paciencia, padrecito --dijo Nicolás-. ¡Todo esto va a desaparecer! ¡Ya el viento empieza a soplar y comienza a disipar la niebla! Las colinas altas de la orilla derecha ya dejan ver sus hileras de árboles. ¡Todo se va! ¡Todo vuela! ¡Los hermosos rayos de sol han condensado este montón de brumas! ¡Ah, qué hermoso espectáculo, mi pobre ciego, y qué desgracia que no puedas contemplarlo!

-¿Ves alguna barca? -preguntó Miguel Strogoff.

-No veo ninguna -respondió Nicolás.

-¡Mira bien, amigo, tanto sobre esta orilla como sobre la opuesta, mira bien todo lo lejos que pueda alcanzar tu vista, un barco, un transbordador, una cáscara de nuez!


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