Miguel Strogoff
Miguel Strogoff En circunstancias normales, mediante transbordadores especialmente equipados para el transporte de viajeros, coches y caballos, el pasaje del Yenisei exige un lapso de tres horas y únicamente con grandes dificultades, los transbordadores alcanzan la orilla derecha. Ahora, en ausencia de toda clase de embarcación, ¿cómo podrá la kibitka llegar de una orilla a otra?
« ¡Pasaré como sea! », se repetía Miguel Strogoff.
Comenzaba a clarear el día cuando llegaron a la orilla izquierda del río, en el mismo sitio donde terminaba una de las grandes alamedas del parque. En aquel lugar, las márgenes dominaban el Yenisei a un centenar de pies por encima de su curso y, por tanto, se le podía observar en una vasta extensión.
-¿Veis alguna barca? -preguntó Miguel Strogoff, moviendo visiblemente sus ojos de un lado a otro, empujado, sin duda, por la mecánica de la costumbre, como si hubiera podido ver con ellos.
-Apenas es de día, hermano -dijo Nadia-. Sobre el río todavía hay una bruma espesa y aún no pueden distinguirse las aguas.
-Pero las oigo rugir -respondió Miguel Strogoff.