Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Miguel Strogoff, Nadia y Nicolás no tuvieron que buscar mucho tiempo para encontrar un sitio donde alojarse. Todas las puertas estaban abiertas, pero no encontraron más que algunos montones de follaje. A falta de otra cosa mejor, el caballo tuvo que contentarse con este escaso pienso. En cuanto a las provisiones de la kibitka, todavía no se habían agotado y cada uno tomó su ración. Después de haber dicho sus oraciones de rodillas, delante de un modesto icono de la Panaghia suspendida de la pared e iluminada por los últimos destellos de una lámpara, Nicolás y la joven se durmieron, mientras que Miguel Strogoff velaba porque no podía dormir. Al día siguiente, 26 de agosto, antes del alba, la kibitka había sido atelada de nuevo y atravesaba el parque de abedules que conducía a la orilla del Yenisei. Miguel Strogoff estaba muy preocupado.¿Cómo se las apañarían para atravesar el río si, como era lo más probable, habían sido destruidos todos los transbordadores y todas las embarcaciones, con el fin de entorpecer la marcha de los tártaros? Él conocía el Yenisei, porque lo había franqueado ya varias veces, y sabía que su anchura es muy considerable y los rápidos son violentos en ese doble curso que ha abierto entre las islas.




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