Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Será la misma kibitka, que es bastante ligera para flotar. Además, la sostendremos con los odres, asà como al caballo.
-¡Bien pensado! -dijo Nicolás-, Y con la ayuda de Dios, llegaremos a buen puerto...
¡Aunque no en lÃnea recta, porque la corriente es rápida!
-¡Qué importa! -le respondió Miguel Strogoff-. Lo primero es pasar. Después ya encontraremos la ruta de Irkutsk en la otra parte del rÃo.
-Manos a la obra --dijo Nicolás, que comenzó a vaciar los odres y a transportarlos hasta la kibitka.
Reservaron un odre lleno de kumyss y los otros, después de vaciados, llenos de aire de nuevo y cerrados cuidadosamente, los emplearon como flotadores. Dos de los odres fueron atados a los flancos del caballo destinados a sostener al animal en la superficle del agua y otros dos situados entre las barras y las ruedas, tenÃan por misión asegurar la lÃnea de flotación de la caja, la cual se transformaba, de esta forma, en una balsa. La operación quedó pronto terminada.
-¿No tendrás miedo, Nadia? -preguntó Miguel Strogoff.
-No, hermano -respondió la joven.
-¿Y tú, amigo?
-¿Yo? -gritó Nicolás-. ¡Por fin realizo uno de mis sueños: navegar en carreta!