Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Efectivamente, llegaban los primeros días de septiembre y en esta región, de latitud elevada, el arco descrito por el sol se acorta visiblemente en el horizonte. El otoño es de poca duración, pese a que esta porción del territorio siberiano no está situada más que por encima del paralelo cincuenta y cinco, que es el mismo de Edimburgo y de Copenhague. Algunos años, el invierno sucedía inopinadamente al verano y estos duros inviernos de la Rusia asiática (en los que el termómetro baja hasta la temperatura de congelación del mercurio) son tan rigurosos, que por aquellos lugares se considera una temperatura soportable la que marca alrededor de los veinte grados centígrados bajo cero. El tiempo favorecía, pues, a los viajeros. No había tormentas ni lluvias. El calor era moderado y las noches frescas. La salud de Nadia y de Miguel Strogoff era perfecta y, desde que habían dejado Tomsk, iban recuperándose poco apoco de sus fatigas pasadas.

En cuanto a Nicolas Pigassof, jamás se había encontrado mejor. Para él aquello era un paseo más que un viaje; una excursión agradable en la que empleaba sus vacaciones de funcionario sin destino.

«¡Decididamente -se decía-esto es mucho mejor que permanecer doce horas diarias sentado en una silla manejando el transmisor! »


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