Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-¡Tanto mejor, tanto mejor! ¡Pero yo... yo sí lo he visto!

-¿Pero qué es lo que has visto? -preguntó Miguel Strogoff.

-¡Una liebre que acaba de cruzarse en nuestro camino! -respondió Nicolás. En Rusia, cuando una liebre cruza la ruta de un viajero, la superstición popular ve en ello la señal de una desgracia próxima.

Miguel Strogoff comprendió la agitación de su compañero, aunque él no compartía de ninguna manera esta credulidad respecto a las desgracias que podían acarrear las liebres cruzadas en el camino, por lo que intentó tranquilizarle diciéndole:

-No hay nada que temer, amigo.

-¡Nada para ti y para ella, ya lo sé, padrecito, pero sí para mí! -respondió Nicolás, continuando-: ¡Es el destino!

Y volvió a poner al trote a su caballo.

Sin embargo, a despecho de tan malos augurios, la jornada transcurrió sin ningún incidente.

Al día siguiente, 6 de septiembre, al mediodía, la kibitka hizo alto en el poblado de Alsalevsk, tan desierto como toda la comarca de su alrededor. Allí, en el suelo de una de las casas, Nadia encontró dos de esos cuchillos de hoja sólida que sirven a los cazadores siberianos, y dio uno a Miguel Strogoff, guardándose el otro para ella, escondiéndolo entre sus vestiduras.


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