Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Allí, afortunadamente, Nicolás, que veía disminuir las provisiones, tuvo la suerte de encontrar un horno abandonado con una docena de pogatchas, especie de bollos preparados con grasa de carnero, y una gran cantidad de arroz cocido en agua. Estas provisiones uniéronse a la reserva de kumyss encontrada en Krasniarsk y con ellas la kibitka estaba suficientemente aprovisionada.

Después de un alto conveniente, reemprendieron la ruta al mediodía del 5 de septiembre. La distancia hasta Irkutsk ya no era mas que de quinientas verstas y nada señalaba detrás de ellos la llegada de la vanguardia tártara. Miguel Strogoff pensó, con fundamento, que en lo sucesivo ya no encontraría más obstáculos en su viaje y que, con ocho días más, estarla en presencia del Gran Duque.

A la salida de Biriusinsk, una liebre atravesó el camino, treinta pasos delante de la carreta.

-¡Ah! --dijo Nicolás.

-¿Qué tienes, amigo? -preguntó Miguel Strogoff, como ciego al que el menor ruido pone en guardia.

-¿No has visto ... ? -dijo Nicolás, cuyo sonriente rostro se había ensombrecido súbitamente.

Después, continuó:

-¡Ah, no! ¡No has podido verlo y eso es una suerte para ti, padrecito!

-Yo tampoco he visto nada -dijo Nadia.


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