Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff no comunicó sus temores a Nicolás ni a Nadia para no inquietarles. Estaba resullto a continuar su ruta, mientras un obstáculo infranqueable no les detuviera. Más tarde ya verÃa qué es lo que convenÃa hacer. Durante la jornada siguiente, el paso reciente de un contingente importante de jinetes e infantes se hacÃa cada vez más manifiesto. Unas humaredas se levantaban por encima del horizonte. La kibitka iba con toda precaución porque algunas casas de los pueblos abandonados ardÃan todavÃa y el incendio no parecÃa haber sido provocado más de veinticuatro horas antes.
En la jornada del 8 de septiembre, la kzbitka se paró y el caballo se negaba a seguir adelante. Serko ladraba escandalosamente.
-¿Qué ocurre? -preguntó l-iguel Strogoff.
-¡Un cadáver! -respondió Nicolás, lanzándose fuera de la carreta. Era el cadáver de un mujik, horriblemente mutilado y frÃo ya. Nicolás se santiguó y después, ayudado por Miguel Strogoff, trasladaron el cadáver a un lado de la carretera. Hubieran querido darle sepultura decente, enterrarlo profundamente con el fin de que los animales carnÃvoros de la estepa no pudieran devorar sus miserables restos, pero Miguel Strogoff no quiso perder tiempo.
-¡Partamos, amigo, partamos! -exclamó-. ¡No podemos perder ni una sola hora!
Y la kibitka reanudó su marcha.