Miguel Strogoff

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Además, si Nicolás hubiese querido rendir el postrer tributo a todos los cadáveres que iban a encontrar a partir de entonces sobre la gran ruta siberiana, no le hubiera sido posible hacerlo. En las proximidades de Nijni-Udinsk, fueron por veintenas los cuerpos sin vida extendidos sobre el suelo.

Era preciso, por lo tanto, continuar su camino hasta el momento en que fuera manifiestamente imposible no caer en manos de los invasores. El itinerario, pues, no fue modificado y pudieron ver cómo la devastación y las ruinas se acumulaban en cada pueblo. Todas estas aldeas, cuyos nombres indican que han sido fundadas por exiliados polacos, eran víctimas de horribles pillajes e incendios. La sangre de las víctimas aún chorreaba, pero no podía saberse en qué condiciones se habían desarrollado aquellos lamentables acontecimientos, porque no quedaba un solo ser vivo para contarlo.

Aquel día, hacia las cuatro de la tarde, Nicolás señaló hacia el horizonte los altos campanarios de las iglesias de Nijni-Udinsk, que estaban coronados por altas columnas de vapor, que no eran precisamente nubes.

Nicolás y Nadia miraban y comunicaban a Miguel Strogoff el resultado de sus observaciones. Era preciso tomar una decisión. Si la ciudad estaba abandonada, podían atravesarla sin riesgo, pero si por alguna causa inexplicable estaba ocupada por los tártaros, se imponía un rodeo al precio que fuera.


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