Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Avancemos con prudencia -dijo Miguel Strogoff-, pero avancemos. Recorrieron todavía una versta.

-¡No son nubes, son humaredas! -gritó Nadia-¡Hermano, han incendiado la ciudad!

Efectivamente, el incendio era demasiado visible. Las llamaradas aparecían entre vapores de humo y los torbellinos de fuego se hacían cada vez más espesos al elevarse hacia el cielo. Sin embargo, no se veían fugitivos. Era probable que los incendiarios encontrasen la ciudad abandonada y la estaban incendiando. Pero ¿se trataba de tropas tártaras? ¿Serían rusos que obedecían las órdenes del Gran Duque? ¿Había querido el Gobierno del Zar que desde Krasnoiarsk y el Yenisei ninguna ciudad ni pueblo pudiera ofrecer cobijo a los invasores? En lo que concernía a Miguel Strogoff, ¿qué debía hacer, detenerse o continuar la ruta?

Estaba indeciso pero, no obstante, después de haber sopesado los pros y los contras, pensó que cualesquiera que fuesen las fatigas de un viaje, por la estepa, sin un camino trazado, era preferible que arriesgarse a caer por segunda vez en manos de los tártaros. Iba, pues, a proponer a Nicolás abandonar la gran ruta y, si no era absolutamente preciso, no recuperarla hasta haber franqueado Nijni-Udinsk, cuando se oyó un disparo, proveniente de la derecha. Silbó una bala y el caballo, herido en la cabeza, cayó muerto.


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