Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Media hora después del ataque de los jinetes tártaros, Miguel Strogoff, Nicolás y Nadia entraban en Nijni-Udinsk. El fiel perro les seguía de lejos. Pero los tres prisioneros no debían permanecer en esta ciudad, que estaba en llamas y abandonada por todos sus moradores.
Fueron obligados a montar sobre caballos y conducidos con rapidez; Nicolás, resignado como siempre; Nadia, siempre con la confianza puesta en Miguel Strogoff y éste, aparentemente indiferente, pero presto a aprovechar la primera ocasión que se presentara para escapar.
Los tártaros se habían dado cuenta de que uno de los prisioneros era ciego y su natural barbarie les sugirió la idea de burlarse del desafortunado. Para ello iban a todo galope, pero como el caballo de Miguel Strogoff no iba guiado por nadie más que por él, iba al albur, haciendo falsos movimientos que llevaban el desorden al destacamento, prodigando contra el correo del Zar injurias y brutalidades que herían el corazón de la joven y llenaban de indignación a Nicolás. Pero nada podían hacer, porque no hablaban la lengua tártara y, además, cualquier intervención suya hubiera sido brutalmente reprimida.
Esos soldados, pronto encontraron un refinamiento para su crueldad y tuvieron la idea de cambiar el caballo de Miguel Strogoff por otro que estuviera ciego. La excusa para el cambio la dieron las palabras de uno de los jinetes, al cual Miguel Strogoff había oído decir: