Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff continuó removiendo el suelo que, al haber sido tan fuertemente apretado, tenía la dureza de la roca, consiguiendo al fin retirar el cuerpo del infortunado. Comprobó si su corazón aún latía... Pero ya había dejado de existir. Quiso entonces enterrarlo, para que no quedase expuesto sobre la estepa, en aquel agujero en donde había estado enterrado en vida, y lo alargó y amplió, de manera que pudiera ser enterrado muerto. El fiel Serko sería colocado al lado de su dueño... En aquel momento se produjo un gran tumulto sobre la gran ruta, a una distancia de media versta.
Miguel Strogoff escuchó.
Por el ruido, había reconocido que un destacamento de jinetes avanzaba hacia el Dinka.
-¡Nadia, Nadia! -dijo en voz baja.
Al oír su voz, Nadia dejó de rezar y se enderezó.
-¡Mira, mira! -le dijo el joven.
-¡Los tártaros! -murmuró Nadia.
Era, en efecto, la vanguardia del Emir, que desfilaba con toda rapidez hacia Irkutsk.
-¡No me impedirán que lo entierre! --dijo Miguel Strogoff en tono resuelto. Y continuó su trabajo.
Muy pronto, el cuerpo de Nicolás, con las manos cruzadas sobre el pecho, fue acostado en la tumba.