Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Miguel Strogoff y Nadia, arrodillados, rezaron durante media hora por aquel pobre muchacho, inofensivo y bueno, que había pagado con la vida su devoción hacia ellos.

-¡Ahora -dijo Miguel Strogoff, acabando de apretar la tierra sobre el cadáver-, los lobos de la estepa ya no podrán devorarlol

Después extendió su mano amenazadora hacia la tropa de jinetes que pasaba, diciendo:

-¡En marcha, Nadia!

Miguel Strogoff no podía seguir caminando por la gran ruta, que estaba ya ocupada por los tártaros, y tenía que andar a través de la estepa, dando un rodeo para llegar a Irkutsk.

No tenía ya que preocuparse por la travesía del Dinka.

Nadia no podía dar un paso, pero podía ver por él, así que, tomándola en sus brazos, se adentró hacia el sudoeste de la provincia.

Le quedaban todavía por recorrer doscientas verstas. ¿Cómo las anduvo? ¿Cómo no sucumbió a tantas fatigas? ¿Cómo pudieron alimentarse en ruta? ¿Con qué sobrehumana energía llegó a remontar las primeras estribaciones de los montes Sayansk? Ni Nadia ni él hubieran podido decirlo.


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