Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Bien sea porque se le falta al respeto llamándole «señor lago», o por cualquier otra razón más meteorológica, el Baikal está sujeto a violentas tempestades y sus olas, rápidas como las de todos los mediterráneos, son muy temidas por las balsas, los barcos y los vapores que lo atraviesan durante el verano. Miguel Strogoff acababa de llegar al extremo sudoeste del lago, llevando a Nadia, de la que podía decirse que toda su vida se concentraba en los ojos. ¿Qué podían esperarlos dos en aquella parte salvaje de la provincia, como no fuera morir de agotamiento y de inanición? Y, sin embargo, ¿qué quedaba por recorrer de aquel largo camino de seis mil verstas, para que el correo del Zar llegase a su destino? Nada más que sesenta verstas desde el lago hasta la desembocadura del Angara y ochenta verstas desde allí hasta Irkutsk. En total, ciento cuarenta verstas que significaban tres días de recorrido a pie para un hombre fuerte y vigoroso.

-Era todavía Miguel Strogoff ese hombre?

Sin duda, el cielo no quería someterlo a esta prueba y la fatalidad que se cernía sobre él parecía querer abandonarlo por un instante. Ese extremo del Balkal, esa porción de la estepa que crecía desierta y que, en realidad, lo era en todo tiempo, no lo estaba entonces.

Unos cincuenta individuos se encontraban reunidos en el ángulo que forma el extremo sudoeste del lago.


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