Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero mientras el intenso frío iba formando bloques de hielo, otros curiosos fenómenos se producían en la superficie del Balkal. Unos magníficos surtidores de agua hirviente brotaban de algunos de esos pozos arteslanos que la naturaleza había abierto en el mismo lecho del río. Los chorros de agua caliente se elevaban a gran altura, empenachándose de vapores irisados por los rayos del sol, que el frío condensaba casi al instante. Este curioso espectáculo hubiera ciertamente maravillado a cualquier turista que hubiese viajado en plena paz y por puro placer sobre las aguas de este mar siberiano.
A las cuatro de la tarde, el viejo marinero señaló la desembocadura del Angara, entre las altas rocas graníticas del litoral. Podía distinguirse sobre la orilla derecha el pequeño puerto de Livenitchnaia, su iglesia y unas pocas casas edificadas sobre la orilla. Pero para agravar las circunstancias, los primeros hielos procedentes del este derivaban ya entre las orillas del Angara y, por consecuencia, descendían hacia Irkutsk. Sin embargo, su número no podía ser todavía lo suficientemente capaz como para obstruir el río, ni el frío lo bastante intenso como para aumentar su tamaño. La balsa llegó al pequeño puerto y se detuvo.