Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Nadia, sentada en popa, miraba distraídamente. De pronto se le escapó un grito y tomó la mano de Miguel Strogoff que, al notar el sobresalto de la muchacha, levantó la cabeza.

-¿Qué tienes, Nadia? -preguntó.

-Nuestros dos compañeros de viaje, Miguel.

-¿El inglés y el francés que encontramos en el desfiladero de los Urales?

-Sí.

Miguel Strogoff se estremeció, porque corría peligro de ser desvelado el severo incógnito del que no quería salir.

Efectivamente, no era a Nicolás Korpanoff a quien Alcide Jolivet y Harry Blount iban a ver ahora, sino al verdadero Miguel Strogoff, correo del Zar. Desde que se separaron en la parada de Ichim, se había tropezado dos veces con los periodistas. La primera en el campamento de Zabediero, cuando cruzó la cara de Ivan Ogareff con un golpe de knut, y la segunda en Tomsk, cuando fue condenado por el Emir. Sabían, por consiguiente, a qué atenerse respecto a su verdadera personalidad. Miguel Strogoff tomó rápidamente una decisión.

-Nadia -dijo-, cuando hayan embarcado los dos extranjeros, ruégales que se sitúen a mi lado.


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