Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Nadia obedeció. Miguel Strogoff y ella se deslizaron con rapidez por la superficie helada del rio, amparándose en la profunda oscuridad que reinaba, únicamente rota en algunos puntos por los disparos de los tártaros.
La joven se arrastraba delante del correo del Zar. Las balas hacÃan impacto alrededor de ellos, como una violenta granizada que crepitaba sobre el hielo, cuya superficie escabrosa y erizada de vivas aristas les dejaba las manos ensangrentadas, pero ellos continuaban avanzando.
Diez minutos más tarde llegaban al extremo inferior de la barrera, en donde las aguas del Angara volvÃan a discurrir libremente. Algunos bloques se desprendÃan, poco a poco, reemprendiendo el curso del rÃo, y deslizándose hacia Irkutsk. Nadia comprendió lo que querÃa intentar Miguel Strogoff y se dirigió a uno de aquellos bloques que sólo estaba unido a la barrera por una estrecha lengua.
-Ven --dijo Nadia.
Miguel Strogoff y Nadia oÃan los disparos, los gritos de desesperación, los aullidos de los tártaros, que se dejaban oÃr rÃo arriba. Después, poco a poco, aquellos gritos de profunda angustia y de feroz alegrÃa, se fueron apagando en la lejanÃa.
-¡Pobres compañeros! -murmuró Nadia.