Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Durante media hora, la corriente arrastró rápidamente el bloque de hielo que transportaba a Miguel Strogoff y Nadia. A cada momento temían que se hundiera bajo ellos, pero aquella improvisada balsa seguía en la superficie, deslizándose por el centro de la corriente, de forma que no les sería necesario imprimirle una dirección oblicua hasta que tuvieran que acercarse a los muelles de Irkutsk. Miguel Strogoff, con los dientes apretados y el oído atento, no pronunciaba una sola palabra. ¡Nunca había estado tan cerca del objetivo y presentía que iba a alcanzarlo ... !

A la derecha brillaban las luces de Irkutsk y a la izquierda las hogueras del campamento tártaro.

Miguel Strogoff no se encontraba más que a media versta de la ciudad.

-¡Por fin! -murmuró.

Pero, de pronto, Nadia lanzó un grito.

Al oírlo, Miguel Strogoff se enderezó sobre el bloque, haciéndolo balancearse. Su mano señaló hacia lo alto del curso del Angara; su rostro, iluminado por reflejos azulados, adquirió un siniestro aspecto y, entonces, como si sus ojos se hubieran abierto de nuevo a la luz, gritó:

-¡Ah! ¡Dios mismo está contra nosotros!

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